Todo lo contrario. Desde hace mucho tiempo venimos planteando la necesidad de hablar de aborto clandestino como fenómeno social, que es muy distinto: Les dimos cifras, les pusimos los números sobre la mesa, les presentamos expertos, les mostramos los modelos que tienen los países "primermundistas", les trajimos referentes mundiales, pero nada alcanzó.
Muchos politólogos y sociólogos hablan de la feminización de la pobreza, una expresión que se acuñó en los años 70 del siglo pasado, que no ha perdido aún su significado, y a tenor de los moderados avances en la igualdad de género que se han producido a nivel mundial, seguirá teniendo valor durante bastante tiempo aún.
En síntesis, las mujeres son, a lo largo y ancho del planeta, las que más sufren las desigualdades económicas. Según datos de Naciones Unidas, el 60% de las personas que pasan hambre en el mundo de forma crónica son mujeres y niñas. Ellas constituyen dos terceras partes de los casi 800 millones de analfabetos. Es que el peso de la cultura machista que continúa imponiendo mandatos, incide notablemente sobre el acceso a oportunidades, entre ellas trabajo y educación, condiciones fundamentales para lograr autonomía como paso necesario para erradicar las violencias que afectan a las mujeres. Es así como el ajuste económico profundiza la vulnerabilidad y ensancha la brecha de género.
No se nos puede escapar cuando queremos formar una opinión crítica sobre el aborto clandestino como fenómeno social estas cifras porque no todos los cuerpos gestantes tienen las mismas posibilidades de acceso a la educación, al trabajo, a la salud. No se puede hacer vista gorda a que lo económico incide de forma directa con la tasa de muertes por abortos clandestinos.
En Argentina, realizarse un aborto sale como mínimo $30.000, y el precio del misorpostol está cercano a los $3.200. Entendiendo que, en promedio, los ingresos de las mujeres rondan en $12.000 y que, las más pobres no llegan a los $2.000, nos daremos cuenta quiénes pueden hacerse un aborto en condiciones dignas y quiénes no.
La clandestinidad mata pero no nos mata a todas: sólo mata a las mujeres pobres que sólo tienen la posibilidad de acceder a lugares sumamente precarios, sucios, accediendo en la desesperación a cualquier tipo de tratamiento a manos de alguien que probablemente no es médico, mientras que las ricas y las de clase media abortan en las clínicas privadas que, hoy por hoy, han firmado en contra de la legalización para seguir manteniendo sus negocios millonarios.
Quiero despertar en un mundo agradable en el que no haya abortos. En el que no exista la necesidad de abortar. En el que las mujeres decidan cuándo y cómo maternar, y que eso se respete. En el que no nos violen. En el que no nos maten. En el que no nos amenacen. En el que no tengamos que exponer nuestros cuerpos a lo clandestino, a lo precario, a lo sucio.
Pero la realidad nos golpea y muy duro porque el aborto existe, existió y seguirá existiendo y el Estado debe garantizar el bien común y, por tanto, cada muerte por aborto clandestino es un femicidio del aparato estatal porque el mismo ha fallado, ha estado ausente y no le ha interesado cuidar la vida de esa mujer. Y básicamente, durante años, no ha importado porque quienes mueren son las mujeres pobres.
El aborto legal es justicia social porque se le da la posibilidad a la mujer pobre de decidir sobre su propio cuerpo, bajo su propia moralidad, bajo sus propias creencias, siendo consciente de su propio contexto, de su propio proyecto de vida, y la hace tener las mismas posibilidades que tienen las otras: las mismas posibilidades de vivir.

Dejemos de lado los dogmas, dejemos de lado las creencias religiosas, dejemos de lado lo metafísico, dejemos de lado las creencias que cada uno puede llegar a tener. Nos han comparado con focas, con perras, han dicho que las mujeres pobres no abortan, que es un invento, que los “pobres no descartan porque no tienen nada”, han manipulado todos y cada uno de los puntos del proyecto, nos han denigrado, nos han pegado, nos bastardearon y, si hubiésemos nacido en otro siglo, nos hubiesen quemado en la mismísima hoguera.
A lo que le temen es a la mujer libre. A que la mujer pueda elegir qué hacer con su vida; cómo y cuándo ser madre. A que la mujer elija no serlo. A que la mujer vaya en contra de todo lo que les han enseñado que es bueno. A lo que le temen es a la mujer que no pueden controlar bajo sus creencias metafísicas.
Para hablar de aborto como fenómeno social, entonces, tenemos que garantizar igualdad entre todos los cuerpos gestantes, la cual no se va a lograr sino con su legalización, y seguida de la verdadera implementación de Leyes que ya existen en nuestro país, a la que se han opuesto, como la ESI, entre muchas otras. Y, recién cuando lo logremos, seguramente, podremos abrir espacios para conversar cómo educar para que nadie tenga la necesidad de abortar, qué mecanismos de prevención son más adecuados, pero hasta que esto no ocurra, hablar de “salvar dos vidas” es la hipocresía en carne viva.
Si el miércoles gana el no, no gana nadie, porque no será una victoria de “las dos vidas”: las mujeres seguirán abortando y las más vulnerables seguirán exponiendo sus cuerpos intentándolo y seguirán muriendo.
No será una victoria celeste porque siempre los ha obnubilado la hipocresía más grande que busca imponer un determinado deber ser. Dejando de lado a las muertas en la clandestinidad y empatizando con un embrión.
Tampoco han propuesto nunca ningún proyecto alternativo e incluso, se han opuesto a la educación sexual integral y a la distribución de anticonceptivos porque verdaderamente no les interesa la sexualidad ni salvar ninguna vida. Sólo quieren imponer una forma de opresión sobre el cuerpo ajeno basado en dogmas que no todos compartimos.
Si el miércoles gana el no, los movimientos de mujeres tampoco ganan nada porque el espacio, las calles, las plazas que conseguimos pintar de verde no lograron convencer ni conmover a nadie en los lugares conservadores y ortodoxos que tenemos de representación popular y las pibas se seguirán muriendo.
No importa el terreno ganado del feminismo mientras haya mujeres que siguen muriendo en las condiciones más precarias por intentar ser libres.
Si el miércoles gana el no, los defensores de la no aprobación del proyecto de la IVE cargaran con todas las muertas que se lleve al aborto clandestino de aquí en más hasta que logremos la legalización.
La maternidad debe ser una elección y no una imposición del Estado, la Iglesia o ciertos grupos del poder. Incluso, la Organización Mundial de la Salud considera tortura obligar a una mujer a gestar, parir y maternar si no lo desea. Legalizarlo no obliga a nadie a tener que practicarse un aborto, sólo le da la posibilidad a las mujeres de vivir y no morir en el intento.
Tenemos todo para construir un país más justo. Escuchenos: “Lo único más grande que el amor a la libertad, es el odio a quien te la quita”.
Fotos: Florencia Ferreira
